Ara Malikian: la fusión, la pasión y la magia inundan la noche de feria conquense

Con más de dos horas de concierto, la noche aunque fría se llenó de notas de violín entre la clásico y el rock. Géneros que el violinista libanés había mamado, y como dijo en su actuación, “obligado a ser aficionado por partes enfrentadas”. De esta forma, el Voodo Child de Jimi Hendrix, el Réquiem de Mozart y un tema propio se fusionaban para darnos la primera pista de  lo que se iba a escuchar en el recinto Serranía de Cuenca durante la Feria de San Julián 2017.

Una preciosa puesta en escena, con presentación de los temas por parte de un Ara Malikian irónico que supo ganarse al público desde el primer momento, dio paso a contar su historia, su historia y la de su violín, convirtiéndose finalmente en la historia de Violín; como bien indica el nombre de su actual gira. Desde Módena a Transilvania, donde su lutier, un tal “Alfredo Ravioli” se retiró a cultivar rosas, hasta los años 80 cuando tocaba en cabarets temas culturetas y les tiraban ceniceros invitándoles a abandonar el local. De ahí, sonaron temas propios como “Con mucha nata”, dedicada a su imaginario lutier, o “Huevos rotos”, que enmarcaba esa época de músico principiante en la que el público te exigía que tocaras el “El Baile de los Pajaritos”.

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El violinista libanés en un momento del concierto.

Tras una versión de “La Campanella” de Niccolò Paganini, ejecutada con mucha ironía e interpretada a modo teatral por la banda de Malikian, el espectáculo continuó con el Life on Mars de David Bowie, bajo una atmósfera de luces amarillas, el “Kashmir” de Lez Zeppelin y una de las composiciones de el gran Paco de Lucía. Tos ello dejando caer temas propios, dando pie a esa mezcla de géneros, esa fusión clásico-rock. Comparando a aquéllos artistas, desde “Beethoven y esa peña…” hasta los grandes músicos de hoy, con el jamón ibérico que descubrió en los años 90, dejándose a él como el pedazo de pan que lo acompaña, los “piquitos”.

Quiso, como bromista y buen showman, hacer un inciso para presentar a la banda en mitad del concierto: El violín de Jorge Guillén, la viola de Humberto Armas, la guitarra de Tony Carmona, el contrabajo y bajo de Tania Abad, el violonchelo de Cristina López, la batería de Héctor “el turco” y la mágica  percusión de Nantha Kumar.

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Héctor, “el Turco” (de fondo y a la batería) y Tania Abad, al bajo.

No faltó tampoco el homenaje al séptimo arte con el tema “Misirlou”, aquel tema de música tradicional griega que fue llevado al gran público por Dick Dale en los 60 y popularizado por la banda sonora de Pulp Fiction en los 90, tras un intento de baile por parte del músico a lo John Travolta, que como él mismo admitió fue más un Chiquito de la Calzada.

Tras ello, el concierto se fue haciendo más personal, sin dejar de lado el humor y la teatralidad de toda la banda que tiraba detalles en un segundo plano. “El Vals de Kairo”, una composición dedicada a su hijo, que cumplía tres años, así como un “Réquiem para un loco”, tema dedicado a la muerte de su violín, violín resucitado por un lutier y que finalmente le sobrevivirá, como la música que nunca muere.

Iba siendo hora de ponerse serios, recordando así la verdadera historia de su violín, que comenzó con el genocidio armenio de 1915 y que le valió a su abuelo para salvar su vida, y de cómo llegó el instrumento a sus manos por parte de su padre. Proclamando la necesidad de que muchos refugiados, o víctimas de guerra, de hoy pudiesen tener un violín para salir de su país a salvo. De ahí surgió un potente tema homenaje a todas esas personas inocentes que se dejan la vida de manera injusta por querer buscar lugar mejor.

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La banda, al completo, en su despedida.

Pero no fue esta la manera de despedirse. Ara Malikian, aún tenía un par de sorpresas más. Y tras comentar que su concierto estaba preparado para durar al menos catorce horas, se despidió con “paz, amor, salud y… Johann Sebastian Bach” con paseo incluido entre el público, que sacaba sus Iphones para inmortalizar el momento.

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