Rufus T. Firefly: el universo cinéfilo-psicodélico lleno de amor y frikismo

Sonaba el disco Grace de Jeff Buckley en la sala Caribou de Albacete cuando Víctor Cabezuelo, voz y guitarra, y Julia Martín-Maestro, dueña de la batería, se sentaban en los taburetes frente a la barra del local, bajo un foco de luz blanca. Los componentes de Rufus T. Firefly llevan la psicodelia, el amor y el frikismo por bandera. Desde Aranjuez, tocando La Mancha, se presentan como treintañeros aficionados a todo tipo de arte en general, y “a la comida de mamá después de la música” por parte de Julia. Una mujer que detesta a la gente intolerante, aunque Víctor sea de los que prefiere no odiar nada. Para Julia, Billy Corgan, de Smashings Pumpkins, y para Víctor, Kurt Cobain, sus artistas predilectos. In Rainbows de Radiohead el disco del vocalista, la batería se queda precisamente con el que está sonando de Jeff Buckley. Si no se dedicasen a la música, Víctor sería actor, mientras Julia prefiere no decir nada porque es ilegal. Con Carlos Campos a la guitarra, Miguel de Lucas al bajo y Rodrigo Camionero a los teclados forman uno de los conjuntos más en boga en el panorama underground actual, un grupo que lanzó en enero un quinto trabajo cuyas canciones iban a sonar en un par de horas en el local albaceteño.

La psicodelia, ante todo en su último LP Magnolia, como bien se hace notar en la portada diseñada por la misma batería del grupo, mezclada con una profunda cinefilia, comenzando por el propio nombre del grupo, aquél personaje que interpretaba Groucho Marx en Sopa de Ganso (1933) hasta las letras de algunos de sus temas, citas de frases de películas que han evocado cosas importantes en sus vidas y de ahí su reflexión hacia afuera: A mil jodidas leguas de estar bien de su “Pulp Fiction”, “Río Wolf” o esa “Última noche en la Tierra”, ejemplos de ello. La unión perfecta del cine con un sonido de alma sesentas setentas. Sonidos saturados, sucios, que llevan directamente a aquellos años: “Ahora estamos sacando un rollo más setentero pero probablemente el próximo disco no tenga nada que ver con éste. Una mezcla de todo lo que ha pasado en la música”, nos dice Julia.

Un sonido muy trabajado para adentrarnos en lo más puro de aquella época: baterías sesenteras, con especial interés por el bombo, y mezclar los sonidos originales del disco con los del instrumento en directo para lograr que todo encaje. Así como la guitarra de Víctor, sin amplificador, creando junto a la del otro guitarrista, Charly, un sonido extraño: “Esto lo he cogido de grupos como Ratatat que llevan este sonido por línea, un día los vi en directo y pensé: ¿Cómo suenan esas guitarras así? Imposible, nunca había escuchado una guitarra así, y frikeando me enteré de cómo lo hacían, me enteré de que no llevaban amplificador y que lo hacían todo por línea”, nos explica Víctor, grosso modo, bromeando que podría estar tres horas hablando de movidas.

Víctor Cabezuelo y Julia Martín-Maestro en un momento de la entrevista.

Con influencias desde lo artístico a lo político y social, el grupo se mueve por un género que ha trascendido más en lo anglosajón, sin embargo han conseguido llegar a la gente de alguna forma: “Quizás porque hemos salido un poco dentro de la música popular, dentro de la música accesible, estamos dando algo que estaba un poco más olvidado. Esto de los sonidos setenteros, todos los teníamos en la cabeza pero parecía que quedaban muy atrás, nosotros los hemos traído mezclados con un montón de cosas y a lo mejor la gente se siente identificada, pero vamos… no tengo ni idea”, comenta Víctor sorprendido del feedback de la gente, de los críticos que les ponen por las nubes y de la forma que ha encajado su música en la escena actual.

Desde su primera maqueta, Invisble, y un primer LP, My Synthetic Heart de 2008, se lanzaron al castellano con el EP La historia secreta de nuestra obsolescencia programada en 2011, y a partir de entonces han continuado en su idioma sin perder la esencia del sonido: “Sabíamos que se podía hacer en castellano, y que podría resultar parecido. Siempre pasaba como que escuchábamos un grupo que de repente cantaba en castellano y era una cosa totalmente diferente. Nosotros queríamos mantener ese espíritu de la música anglosajona pero cantada en nuestro idioma.” Un cambio que se produjo dentro de ellos mismos, que dio nueva vida al grupo, y que no solo entienden como algo artístico sino por “ser honestos con nosotros mismos, nosotros pensamos en castellano y es el idioma que dominamos. Hacer canciones en inglés era guay porque todos los referentes que teníamos venían de fuera, a nivel musical, pero es verdad que no éramos nosotros, era coger cosas de allí y cosas de allá y hacer un puzle pero nunca pasaba por nuestro filtro. Haciéndolo en castellano ya podemos decir de verdad lo que sentimos y lo que queremos. Era muy importante hacerlo así”, recalca el vocalista del grupo.

Víctor, vocalista y guitarra de Rufus T. Firefly, en la barra de la sala Caribou.

Así llegaron Ø en 2012, Nueve en 2014 y el último, Magnolia, en el que se continúa con la esencia misma del grupo de crecer y experimentar: “Es verdad que llevamos muchos años y al final aprendes trucos y los usas en las canciones, vas aprendiendo a tocar un poco mejor, cantar un poco mejor y hacer letras un poco mejores, pero no sé si hay mucha diferencia, en realidad la diferencia es que seguimos evolucionando musicalmente y ahora estamos en un escalón más alto que hace cuatro años, pero espero que en el siguiente disco estemos un escalón más arriba. Lo importante es crecer.”

Un grupo con carrera de once años que, a pesar de esa buena aceptación no se ven como grupo de referencia: “Creo que estamos como a mitad del camino de Rufus, más o menos, y creo que nos queda muchísimo que aprender musicalmente. Nos quedan muchas canciones dentro y ojalá podamos sacarlas todas. Yo lo que quiero es exprimirme al máximo hasta que no quede nada dentro y una vez que pase eso ya dejaré la música, pero de momento es como que queda bastante jugo”, afirma Víctor.

Julia, batería del grupo de Aranjuez, escucha a su compañero durante la entrevista.

Ven en España un país donde por parte de la gente se fomenta la cultura, desde el lado alternativo: “la música es de la gente, es de la calle, y si la gente de la calle quiere que haya música la habrá siempre. Es difícil, vas a estar diez años malvando, pero por alguna razón hay grupos increíbles en este país, la mayoría no son conocidos pero son increíbles. Yo a veces me voy a conciertos a garitos pequeños de Madrid y flipo con la gente que toca, y es alucinante, podrían estar en cualquier festival de cualquier parte del mundo y la gente fliparía con ellos. Entonces si pasa eso solamente en Madrid, lo que pasará en el resto de España debe ser algo parecido. Hay como un underground ahí potente y eso siempre se fomenta, se mantiene, no sé cómo pero está ahí. Quiero pensar que este es un país guay para hacer música.

Valoran de igual modo la cada vez mayor presencia femenina en las bandas, como nos comenta Julia: “Cada vez más, cada vez hay más. El problema está en decir: ¡Tengo cojones! Porque hay un talento increíble, hay músicas en este país y en el extranjero que alucinas, lo que pasa es que no hay visión, pero están ahí. A mí me ha pasado también, hace siete años mi forma de expresarme con el público que venía a verme no era la misma de ahora, y ahora sí veo que mi proyección hacia fuera es diferente. Al principio a lo mejor todo es más introspectivo y tirabas a ir hacia el interior, pero ahora hay mucha más presencia. Creo que se está viendo.”

Víctor y Julia, músicos y cinéfilos, a pocas horas de su concierto en Albacete.

Rufus T. Firefly es un grupo cinéfilo-psicodélico marcado por un sonido que invita a flotar en los abismos de la mente sin necesitar muchas más sustancias psicotrópicas. Desde el “Disillusion” de su primer disco, tema favorito de la batería, hasta el “Río Wolf, del último Magnolia, cuando Víctor sintió conectar por primera vez con la gente, pasando por su “Nebulosa Jade“, la canción de amor más friki de la historia, y sin olvidarse de aquella vez en la que una hija descubrió a su melómano padre un grupo maravilloso en un festival llamado Rufus T. Firefly.

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